Nuestra Lucha por la Supervivencia - Capítulo 6


Capítulo 6: Amanecer en ruinas

La tienda saqueada era un refugio frágil en medio del caos. El estante que Scot había empujado contra la puerta no duraría mucho si los infectados regresaban, pero por ahora, tenían un respiro. La penumbra envolvía el lugar, con destellos de luz de luna filtrándose por los agujeros en el techo y los escaparates destrozados.

Andy se dejó caer contra la pared, sintiendo su pecho subir y bajar con rapidez. A su lado, Carla frotaba sus brazos en un intento de calmarse. Scot, siempre en alerta, revisaba la tienda con su linterna. Sus pasos eran sigilosos, calculados.

"Voy a asegurar la parte trasera", murmuró el policía. "No bajen la guardia".

Andy asintió, pero la fatiga lo golpeaba con fuerza. El cansancio no era solo físico; era mental, emocional. Cerró los ojos por un instante, pero las imágenes de los últimos días aparecían sin piedad en su mente. Sus padres, su hogar destruido, los gritos, la sangre… todo se mezclaba en una pesadilla interminable.

Carla se sentó a su lado, abrazando sus piernas. "No sé cuánto más podré aguantar esto, Andy".

Él giró la cabeza hacia ella. La veía temblar levemente, su voz cargada de miedo y agotamiento. Quiso decirle que todo estaría bien, que encontrarían un camino, pero las palabras murieron en su garganta. ¿Cómo prometer algo en un mundo donde nada era seguro?

"Mañana será otro día", dijo en su lugar. "Lo importante es que seguimos vivos".

Carla le dedicó una sonrisa triste. "Sí… supongo que sí".

Scot regresó unos minutos después. "La parte trasera está despejada. No hay señales de movimiento afuera, pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Al amanecer, nos iremos".

Andy suspiró y se dejó caer un poco más contra la pared. "¿Hacia dónde?".

Scot frunció el ceño. "Al norte, hacia los suburbios. Menos edificios, menos infectados… y, con suerte, menos gente peligrosa".

La noche transcurrió en un duermevela inquieto. Nadie podía dormir profundamente; cualquier sonido los hacía despertar con el corazón en la garganta. Los infectados no regresaron, pero la sensación de peligro persistía, como un veneno en el aire.

Cuando el sol comenzó a teñir el cielo de tonos anaranjados, Scot los sacó de su ligero descanso.

"Es hora de moverse".

Andy se puso en pie con dificultad. Sus músculos protestaron, pero ignoró el dolor. Carla se frotó los ojos y tomó su cuchillo con manos firmes. Scot lideró el camino, abriendo la puerta trasera con cautela. El aire matutino estaba impregnado de un silencio extraño, roto solo por el lejano quejido de algún infectado errante.

Avanzaron con cuidado por las calles, esquivando autos abandonados y escombros. Cada cruce era una prueba de paciencia y sigilo. Andy sentía cada latido en su garganta, cada paso como una sentencia. A la distancia, una columna de humo se alzaba en el cielo.

"Alguien estuvo allí", murmuró Carla.

Scot asintió. "Y puede que siga allí. Evitaremos esa zona".

Pero el mundo tenía otros planes.

Un disparo resonó en la lejanía. Luego otro. El grupo se agachó instintivamente, los ojos buscando el origen del ruido. Scot entrecerró los ojos y escaneó los alrededores.

"Nos movemos. Ahora".

No discutieron. No había tiempo para preguntas. Aceleraron el paso, adentrándose en un barrio residencial en ruinas. Casas con ventanas destrozadas, puertas abiertas de par en par. Un lugar que alguna vez estuvo lleno de vida, ahora reducido a escombros y silencio.

Pero no estaba completamente vacío.

Un niño salió corriendo de una casa a medio derrumbar. No tendría más de diez años, su ropa estaba rasgada y sucio el rostro. Detrás de él, una figura se tambaleaba.

Un infectado.

Andy sintió un escalofrío al verlo. La criatura tenía la piel pálida, los ojos inyectados en sangre y un profundo tajo en el abdomen. A pesar de su estado, avanzaba con rapidez, impulsado por un hambre insaciable.

El niño tropezó y cayó de bruces.

"¡Maldición!", exclamó Carla.

Andy ya estaba en movimiento antes de pensar en las consecuencias. Su instinto tomó el control. Corrió hacia el niño, el sonido de su respiración resonando en sus oídos. Llegó justo cuando el infectado se abalanzaba.

El disparo de Scot retumbó en el aire.

La cabeza del infectado estalló en pedazos. El cuerpo cayó inerte a centímetros del niño.

Andy lo ayudó a incorporarse. "Tranquilo, estás a salvo".

El pequeño lo miró con ojos llenos de terror y confusión. Antes de que pudiera responder, otro sonido rasgó el aire.

Pasos. Varios. Venían de las casas.

Scot maldijo en voz baja. "No estamos solos".

Carla tomó la mano del niño. "Tenemos que irnos, ¡ahora!".

Los infectados comenzaron a emerger de las casas, sus gruñidos rompiendo la tranquilidad de la mañana. Sus cuerpos deformes y ensangrentados formaban una horda hambrienta.

El amanecer traía consigo una nueva pesadilla.

Y la lucha por la supervivencia apenas comenzaba.

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